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Alberto Greco a cinco años de su muerte

En nuestro ambiente eran tiempos de una franca enemistad entre figurativos y abstractos, irreconciliables como si fuesen Montescos y Capuletos. Nosotros, Macció, De la Vega, Ernesto Deira –a quien conocimos un año después de mi primera muestra– y yo, íbamos madurando nuestra posición como síntesis de un proceso dialéctico. El entusiasmo y la fe en que algo importante estábamos gestando se nos contagiaba. Greco, si bien creía que nuestro interés por el rescate de lo figurativo era un paso atrás, nos apoyaba en nuestra actitud experimental –justamente por ser experimental–, porque en eso nos daba el ejemplo. Esto último lo manifesté en un prólogo a una exposición que organizamos en su homenaje a cinco años de su suicidio, en Barcelona en octubre de 1965.

Relato de Luis Felipe Noé incluido en el libro "Mi viaje-Cuaderno de bitácora" (2014).


[…] Renovación, pintura, mancha, explosión, irreverencia eran en Greco una misma cosa. Siempre identificando degradación con sublimación, firmaba con su nombre las manchas de humedad alojadas en las letrinas. La obra ya estaba hecha: había que dejarla allí donde se encontraba. Él, simplemente, la reconocía. Por entonces exponía troncos de árboles, trapos de rejilla o de piso. Se fue asociando su nombre a escándalo, a impostura, a lo que él contestaba: “Soy un pintor tan serio que no necesito parecerlo”.

En un ambiente como el nuestro, Greco era un factor irritante. Para él no había límites. Significaba una voluntad que para crecer necesitaba borrar los prejuicios. Su delirio era la realidad cotidiana: allí donde esta se quiebra, donde explotan sus vísceras. El horror, lo sórdido se transformaban en él en un sueño de belleza, de bondad, o en una risa explosiva. Él se colocó vivo en el mismo punto donde se funden y se separan la corrupción y la esperanza. La esperanza era su rebeldía y la corrupción era lo que nutría su rebeldía. [...]

Greco era el tema en el que siempre se caía, tanto para maldecirlo como para defenderlo, en mil conversaciones del ambiente artístico. Se había convertido en un personaje de leyenda. Y cuando la sociedad convierte un personaje real en un personaje de leyenda es que necesita de él; le significa algo. Lo que Greco significaba era la liberación del prejuicio. Por esto sus propias víctimas –las cargadas de prejuicios, sobre todo sociales– eran quienes coqueteaban con él. Lo veían como un ángel liberador de los prejuicios que en definitiva los ataban a ellos mismos. Y él gozaba con esta burla del destino. Así, pasaba muchas veces, reiteradamente, de la miseria y la sordidez al halago de las sociedades más cerradas y viceversa. Del pantalón roto al smoking, del banco de plaza a ser atendido por mucamos.

En su angustia por la afirmación de su yo ante él mismo, no se reía de la gente, ni de él, sino de su relación con la gente. Por eso su cartel enorme empapelando las calles: “Greco, qué grande sos”, actitud que repite unos años después, en su estadía en Buenos Aires, entre su segundo regreso de Europa y su viaje a Estados Unidos, con un afiche en el que saluda “a toda mi hinchada”. “Alberto Greco, el más importante pintor informalista de América”, dice otro afiche.

Algunos lo veían como un dadá tardío. Era un precursor de la ruptura de prejuicios en nuestro país. Pero, por supuesto, su metodología era dadaísta, ya que el dadaísmo en la historia del arte es sinónimo de rebelión definitiva contra el esteticismo y la solemnidad. Esa rebelión se produjo en Europa en los años de la Primera Guerra Mundial, pero realmente en nuestro país era aún necesaria cuarenta años después. Significó, ante todo, una rebelión contra la estupidez y la tergiversación de lo que el arte mismo es y significa.

[...] Él sabía qué razón auténticamente moral lo había llevado a estar por encima de la moralidad general. En esta forma entonces se transformaba en un moralista.

Su irreverencia no tenía límites, pero, como alienado, hacía de su sensibilidad una religión. Y en esta medida fue una especie de brujo sacerdote: había convertido al arte en una misa negra. Sabía que el arte es un ir revelando campos vedados.

Poco antes de irse a París su proceso de desesperación se fue agudizando. Abandonó todas sus veleidades de vedette. “Los hombres a la pintura y las coristas al Maipo... No soy un pintor de éxito ni lo quiero ser, porque los pintores de éxito se echan a perder... Como diría Discépolo, me voy quedando atrás en el hipódromo de la vida... Dejo que me critiquen, que ante sus mandíbulas fatigadas yo reiré”. [...]