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TESTIMONIO: Luis Felipe Noé. Paintings (1966), Galería Bonino, Nueva York

Texto vinculado a la exposición Luis Felipe Noé. Paintings, 1966

En cuanto a mí, Alfredo Bonino –que consideraba que mi pintura ya no podía comercializarse– había resuelto cumplir de mala gana el contrato que tenía conmigo poco antes de que éste finalizara. Me dio entonces una ingrata fecha para exponer en su galería de Nueva York: el mes de enero. Es así que 1966 comenzó con este desafío. En el prólogo a la muestra en forma de carta a mí mismo (desdoblado, como buen geminiano, en el crítico Luis Felipe Noé que se dirige al pintor homónimo) hago una autocrítica respecto a logros y fracasos en relación a mis intenciones de asumir el caos. [...]
La exposición era de por sí una gran instalación: la suma y contigüidad de obras complejas de por sí, daban la impresión de ser una sola obra. Pero tres instalaciones propiamente dichas dominaban la escena: las mencionadas Introducción al desmadre y Así es la vida señorita (esta última hecha en Buenos Aires, estaba allí pese a lo difícil de su traslado, y su nombre traducido al inglés me parecía más atractivo, That’s life, Miss) y una muy particular a la que también hice alusión: Balance 1964-1965, construída (o más bien deconstruída) mediante la acumulación –en gran parte sobre el piso– de muchas obras realizadas en esos años. Correspondía esta obra a una convicción mía: para abarcar lo que me era contextual, eso que vivía como caótico, y poder asumirlo, se necesitaba hacer cada vez más complejo el problema. Por lo cual cada obra era simplemente un ensayo parcial para la siguiente. Además, expuse obras que fueron preparando ese presente en el cual me encontraba: Mambo (1962), Autorretrato (1963), El incendio del Jockey Club (1963) y Lucifer and his pals visit Greenwich Village (1964), entre otras.
En una carta a mis padres en la que daba cuenta de la suerte de mi exposición decía: “El amenazador palo de la crítica que me pronosticó el director del Guggenheim (Thomas Messer) cuando me llamó para felicitarme vino de parte del New York Times. [...] Este comentario desmintió mis expectativas, pues yo suponía lo escribiría John Canaday, en cuyo caso, seguramente, como ya sucedió, hablaría bien de la pintura en sí misma” (me refería aquí al comentario, muy elogioso, que había hecho respecto de nuestro envío a la muestra de pintura argentina realizada en 1964 en el Walker Art Center de Minneapolis sumado al hecho de que las obras que me habían representado allí estaban incluidas en la Galería Bonino), aunque preveía que “criticaría la totalidad caótica de mi obra”. Pero quien se ocupó del comentario fue Hilton Kramer. Decía yo en esa carta a mis padres que en su gacetilla “hace hincapié en la forma de colgar los cuadros sin darse cuenta que lo que se trata es que las obras son en sí mismas así”. Kramer decía: “Visiblemente con algún talento este argentino ha trabajado tan intensamente en la realización de esta muestra que nos da la impresión de haberla visto ya. Claro está que no colgada de esta manera”. Luego de describir que los cuadros están por el piso, por el techo y que hay marcos vacíos, que todo está atiborrado, etc., continuaba diciendo: “Pero si observamos de cerca cada pintura encontramos un poco de Dubuffet, un poco de Appel y un poco de un expresionismo indigestado –ni demasiado bueno ni demasiado malo–. Pero tal vez esta mise en scène signifique una despedida de esa pintura. Así lo esperamos”. Como ven, vio en la muestra cuadritos vulgares colgados de manera rara, no entendió para nada el problema. Tal vez lo que pasa es que mis cuadritos hubieran tenido que ser mucho más vulgares (puestas de sol, paisajes de Montmartre y retratos de señoritas) para que se diera cuenta que yo no hago hincapié en la pintura ni en la imagen sino en la relación caótica de imágenes.
Por cierto, Kramer no se equivocó en eso de que era una despedida de esa pintura. Yo me adelantaba a él en mi prólogo cuando el crítico L.F.N decía al pintor homónimo que “su expresionismo es un peligro para su búsqueda”, o sea para asumir el caos, y agregaba que “detesto a los artistas que especulan con su mundo subjetivo”. Pero sigo creyendo que esta muestra fue la más original (en el sentido de dar origen) que hice en mi vida porque no se trataba, desde ya, de una manera de “colgar” las obras sino de un replanteo del concepto de pintura.
En la carta a mis padres también decía: “Pero esto no me importa un bledo. La impresión en general fue magnífica, he oído muchísimas veces decir que es una de las exposiciones más importantes en Nueva York y la verdad que lo creo. Alloway, que es quien inventó el término “Pop Art”, estaba entusiasmadísimo [...] La revista Time publicó dos veces un mismo comentario en la gacetilla de las exposiciones que recomienda ver: ‘El espectador desprevenido, al llegar a la exposición de este joven argentino, puede tener la impresión de que la exposición aún no ha sido colgada’. Luego de describirla dice: ‘‘Caos’, clama el pintor, pero luego al observar los collages vuelve el orden y con él el talento’ (se refería a los dibujos-collages que también incluía en la muestra). Y en el Village Voice el columnista más conocido comenzó su última nota citando párrafos de mi prólogo referente al caos. Realmente es un placer ver personas pasar muchísimo tiempo en la exposición y regresar y verlas gastar un dólar, especialmente cuando ves que no tienen mucho más, para comprar el catálogo. Creo que mi exposición fue muy bien recibida por la gente sensible y que realmente les pareció algo inusitado porque entendieron que era algo más que la forma de colgar. Yo creo que sorprendió y fue bien recibida por unos por la misma razón que no pudo ser bien recibida por otros. Porque sin darse fácilmente –más bien todo lo contrario– ofrecía una gran riqueza envolvente a descubrir. Pero hay muchos que no quieren darse ese trabajo”.
El crítico del otro gran diario del momento, el Herald Tribune, John Gruen, publicó con el título de “All is chaos and chaos is all”, un largo artículo en el que ofrecía una apreciación diferente a la de Kramer, acaso más perspicaz.
Lo cierto es que llegado al término de la exposición me pregunté si realmente todo eso tenía sentido. Toda esa obra, salvo algunas excepciones –las más próximas al cuadro– tenía que mantenerse desarmada y así la guardé un tiempo, hasta que, al fin, antes de regresar, la desarmé completamente y me desprendí de ella.
Llegué a decir que la tiré al Hudson, pero si bien es cierto que me desprendí de estas instalaciones y que vivía cerca del río, esta afirmación era sólo una metáfora. Lo que sucedió fue que al término de la muestra dejé de hacer obra por razones que explicaré de inmediato. Como consecuencia de esa decisión, y en búsqueda de una objetivación de mi planteo acerca de la asunción del caos, me puse a investigar con espejos plano-cóncavos que me permitieran reflejar un mundo caótico por medio de los elementos mismos de la realidad.



Luis Felipe Noé. "TESTIMONIO: Luis Felipe Noé. Paintings (1966), Galería Bonino, Nueva York", en Mi viaje: cuaderno de bitácora, Buenos Aires, El Ateneo, 2015