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Texto vinculado a la exposición Luis Felipe Noé. Panorama de treinta años, 1987
Noé prefirió Panorama de treinta años a la calificación directa de retrospectiva para no incurrir en el forzado seguimiento de la trayectoria personal y mostrar entonces según un criterio bien libre. De paso, evitaba la categorización casi solemne del mismo modo como ha venido esquivando el grado de maestro, esa reverencia que suele prodigarse con excesiva ligereza para acreditar supuestos éxitos, conocimientos, sabiduría acumulados. De todo eso él tiene bastante, por cierto. Y lo bueno es que no le pesa. Anduvo y anda con las manos libres, la mente y el ánimo sobradamente dispuestos para un quehacer que a la vez incide en él de manera liberadora, desencadenante. [...] Es la actitud de Yuyo Noé frente a la pintura, de talante francamente existencial, en correspondencia también con su manipulación de la materia, elemento probatorio de aquel nexo con la corriente europea de posguerra. Por supuesto, en aquellas obras de la época neofigurativa tercian variedad de giros estéticos y ponencias individuales en combinatorias destinadas a promover nuevos hechos visuales, a procurar relaciones de distinta capacidad significante. Yuyo, además, experimenta el plano como soporte concreto de las acciones pictóricas y al mismo tiempo como entidad vulnerable. Va a comenzar a perforarlo, va a salir incluso de su perímetro adosándole recortes o siluetas que asoman por los laterales, aunque siempre con la visión y manejos propios de un pintor, contrariamente a lo que ocurre, por ejemplo, cuando más o menos por aquellos años, su entonces colega Juan Carlos Distéfano ensaya también la salida al espacio natural para finalmente derivar a una concepción escultórica. Al retomar la pintura en 1974, el tránsito desde su gestión artística paralizada unos nueve años atrás por Yuyo, a este otro nuevo período productivo, sugiere un salto tan mayúsculo como el que puede representar el pasaje del espacio europeo al espacio americano. Simplificando demasiado algo que es muy complejo, precisamos que en lugar de aquellos peregrinajes por las superficies, Noé plantea la internación en el cuadro, implicarse en la ficción y mezcla de ámbitos naturales y mitológicos, en el entrevero de situaciones históricas e imaginarias. Una modalidad finalmente adoptada por el pintor consiste en dividir sin fragmentar, originando apartados, islas temáticas que de todos modos corresponden al tema general de la obra y esto hace que la visión permanentemente se desplace del detalle al total, de la partícula cargada de energía al macrocosmos que es un sistema equilibrado a fuerza de temperamento, sobre todo. Como antaño, los contenidos son densos, polémicos, apocalípticos, sólo que moldeados en esta última etapa por una poética de origen claramente definido y en sensible entendimiento, por lo demás, con la voluntad de arrimar pasado y presente generando provocativos careos. [...].