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Por qué pinté lo que pinté, dejé de pintar lo que no pinté, y pinto ahora lo que pinto

El mundo se me presenta con los datos dispersos y variados. Mi coherencia incoherente es la de tratar de entenderme con ellos. Y por esto es coherencia incoherente. He echado mano para ello en mi vida a todo lo que he podido echar mano como si fuera un “bricoleur” (aquel que practica el “bricolage”, término que usa Levi Strauss para caracterizar al pensamiento del hombre primitivo, al que opone al método racional propio de lo que él llama “ingeniero”). Si soy un pintor es porque, como un “bricoleur”, llego a entender que he tomado algo del mundo entorno cuando puedo aprisionarlo en una imagen. Me siento como un primitivo frente a un mundo que me excede, pero, en este caso, el “exceso de objeto” no es natural sino cultural; me siento como un imaginero de fetiches en medio de una cultura que se derrumba y otra que aún no se ha enunciado como tal, como un espejo que tiene enfrente el fantasma de un muerto y la latencia futura de un nonato. Y me siento así porque me siento artista en América Latina en la segunda mitad del siglo XX.

Siempre he sentido al arte como una forma de relación con el mundo entorno no analítica, sino próxima al “bricolage”, pero también siempre he sentido ese entorno cultural caótico, lleno de signos de distinto orden, por lo cual nunca he creído que para asir a ese mundo entorno sirva una comunicación pautada en función de ideas de orden y armonía [...]

 Por ello muchas veces he dicho que yo no dejé la pintura sino que ella me dejó a mí en el momento en que yo más la quería, pero, como en el tango, volvió solita cuando yo menos la esperaba. Creo que puedo explicar porqué volvió y hoy estamos juntos mejor que nunca.

Ensayé aplicar el concepto de revelación, que el arte en sí mismo encierra, a la vida cotidiana porque justamente sentí que la pintura en términos generales no podía en la actualidad abarcar simbólicamente a un mundo lleno de signos opuestos y por lo tanto no simbolizable.

Extrañé la pintura como una excelente terapia porque en ella me sentía pleno, pero por esa misma plenitud me parecía tramposa. La sentí inadecuada con su circulación elitista en el mundo contemporáneo. La sentí en crisis, y no por mi propia experiencia, sino también por todo lo que veía en torno de mí. Sentí que la historia del arte occidental había desarrollado una lógica que consistió en enunciar una imagen y luego desmenuzarla, de la misma manera que una mujer hace un striptease, hasta quedar desnuda. Pero nunca hablé de la muerte de la pintura (aunque me lo adjudicaron), como lo hicieron otros, por la sencilla razón de que no tengo vocación de funebrero sino de vida. Pero si se habla de la muerte de la pintura es porque no solamente yo, sino muchos, sintieron esa crisis.

Y todo eso que creí y sentí lo sigo creyendo y sintiendo a pesar que ahora pinte.

Creí también que el arte nunca puede morir porque el arte es la aventura misma del hombre, que está bien viva más allá del campo de las clásicas artes. Como cuando Niels Bohr dice como científico: “Todo es posible a condición que sea lo suficientemente absurdo”; o cuando manos anónimas pero juveniles y en rebelión social escriben: “Sea realista, pida lo imposible”. Y lo creí porque estaba de acuerdo con la definición de arte de Coleridge: “Convertir la naturaleza en pensamiento y el pensamiento en naturaleza; lo interior en exterior, lo exterior en interior”.

Creí también que si la imagen occidental estaba desnuda no era por cierto la imagen de mi pueblo latinoamericano, que aún no ha escrito su historia de grandeza y, por lo tanto, de imagen propia (considero que el poder no es otra cosa que el poder ser). Pero no es posible que esta imagen la inventen los artistas, sólo podrá hacerlo el pueblo entero en un proceso de enunciación cultural que pasa por lo político y lo social.

Sentí que los pintores latinoamericanos iban a contrapelo de la historia, tenían que dar una imagen a una cultura que todavía no se enunció. Y en verdad, en conciencia, la estética de la nostalgia (esa que ha nutrido todo el arte latinoamericano, esa referida a Europa primero y a Estados Unidos después, esa que se caracteriza como toda nostalgia, como una distancia con uno mismo) la sentía totalmente muerta porque siempre lo estuvo.

Creí todo esto. Por ello no podía pintar. Lo sigo creyendo y, sin embargo, ahora pinto.

Ensayé en el lenguaje de la conciencia, que es el de las palabras, dar imagen de ese caos a través de las contradicciones paradójicas; intenté aclararme por medio del pensamiento todas las contradicciones que sentía en torno mío [...].

 

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