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Texto vinculado a la exposición Luis Felipe Noé. RED, 2009
A comienzos de noviembre se dieron a conocer los lineamientos que el curador general de la 53º Bienal de Venecia, Daniel Birnbaum, propuso ante los países que participarán con envíos oficiales en la próxima edición. La idea-fuerza es "Hacer un mundo". En este sentido puede pensarse en la teoría de los mundos posibles; y por supuesto que en todas partes hay artistas cuya obra genera un mundo. Junto con esta idea-fuerza, las tres especificaciones que Birnbaum detalló son muy precisas, porque se refieren directamente al artista, a la técnica y a las condiciones de exhibición. Birnbaum habla de enriquecer la Bienal poniendo en escena a artistas clave de la historia del arte (en este caso de cada país) que aún continúan productivos, y que han sido y siguen siendo una gran influencia en las generaciones que le siguen. Luego propone que más allá del respeto por todas las técnicas y lenguajes contemporáneos, la mirada estará puesta especialmente sobre la pintura y el dibujo. Y, finalmente, propone que la exposición resulte reveladora respecto de la producción de la obra. Tales ideas-fuerza parecen definir a nuestro artista, pero además nuestro artista expresa de un modo privilegiado a la Argentina. Se trata de un envío nacional, con todas las discusiones acerca de lo nacional que esto supone. Más allá de ciertas tendencias estandarizadas en muchos artistas contemporáneos, un envío nacional resulta perfecto si al mismo tiempo se propone dentro de la relación local/global. La obra de Noé, artística pero también teórica y docente; histórica, pero también absolutamente presente (basta pensar en la muestra de su obra reciente que presentó hasta hace unos días), así como él mismo, por su decidida participación en el campo artístico y cultural, forman parte del arte argentino del último medio siglo. Y no cabe duda de que es un argentino del mundo. Participó de manera directa o indirecta en los principales debates estéticos y políticos, incluso desde su exilio. La pintura de Noé está notoriamente generada desde un lugar y un tiempo, que a su vez están inscriptos en su producción y producen una suerte de interdependencia espacio-tiempo-obra. Noé constituye a esta altura algo así como una causa nacional en el debate internacional. Su historia y su presente resultan fundamentales. Puede decirse que su obra, desde hace cincuenta años, es un puro presente, con continuidades, interrupciones, replanteos e irrupciones. El actual tembladeral del mundo y la historia argentina son tema permanente y constitutivo en la obra de Noé. La materialidad de su obra tematiza estas tensiones. Es decir: la obra de Noé es una pura tensión de sentidos en sí misma y una forma de pensamiento llevado al campo de la pintura, un modo de conocimiento del mundo que lo rodea y una superación, por la vía artística, de estas cuestiones. El hecho de que Noé sea una causa nacional lo releva a él y a su obra de toda disputa inútil, para transformar su pintura y su arte en el centro de un debate absolutamente representativo. Noé va a representar al país doblemente: no solo en el sentido más usual y extendido, haciéndose presente y cumpliendo con la función de hacerlo como artista seleccionado para un envío oficial, sino que especialmente representará a la Argentina porque su obra es, sin dudas, representativa de la Argentina en el sentido más profundo, real y simbólico, con todas sus contradicciones, idas y vueltas, durante el último medio siglo, en el pasado, en el presente y en la suma de ambos: es decir, en el futuro. Una paradoja: la obra de Noé evoca una cantidad de elementos en estado de pura tensión y al mismo tiempo resuelve las tensiones internas de la Argentina. No cabe duda de que Noé, en este contexto, se transforma en un punto fijo en medio de los resquebrajamientos y desconciertos tanto globales como locales. Podría decirse que para la 53º Bienal de Venecia, en este momento confusamente clave de la historia (del arte), con Noé, la Argentina aporta a esta edición de la Bienal de Venecia un lúcido punto de equilibrio. Finalmente, para anticiparme a los que digan que Noé es viejo para representar a la Argentina en la Bienal de Venecia, me remito a dos cuestiones. Primera: la propia Bienal veneciana seleccionó en la edición anterior a León Ferrari, a sus 86 años y con esto nos curó el juvenilismo. Segunda: quien haya visto la última exposición de Noé habrá notado, a través de su creatividad desbordante y compulsiva, que sigue siendo uno de los pintores más vitalmente jóvenes de la Argentina.