Castellano

Noé. Pinturas.

Luis Felipe Noé se planta frente a la pintura como en un ring; no sin regocijo –y desesperación– sostiene al adversario con el hombro, lo levanta cuando se está por caer. En ese respiro, vuelve a empezar.

Esa aparente circularidad es, en lo cierto, una espiral de fuerza centrífuga en la que paisaje, hombre, permanencia y olvido se están viendo pero miden la violencia de la vida. Los colores rabiosos dejan lugar a momentos serenos, los momentos serenos preparan momentos rabiosos, lo figurativo se hace abstracto –fantasma de lo real– y lo abstracto deja pasar voces humanas, como los versos de Whitman: “El que mira estos cuadros toca un hombre”. La pintura de Noé no usa fijadores, se adelanta a sí misma, vuelve sobre sus pasos, se recuerda, se profetiza, se lee, se explica, se oscurece otra vez, animal. En esa lucha –tensión, gloria y caída, sello de lo pictórico en su ancestro bárbaro, en los zarpazos del gesto primitivo pensando la civilización– entra el que mira. Porque nadie puede creerse, nunca, que está lo suficientemente preparado para ver un cuadro de Noé.