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Luis Felipe Noé, Pinturas 1988-1989

En realidad lo exhibido en este lapso de tiempo y de trabajo es mucho más que lo que permitiría sugerir el escueto recorte cronológico. Con plena conciencia y disponibilidad de medios Luis Felipe Noé hoy nos ofrece un registro de soluciones de impactante diversificación.

Ya a cierta distancia de la drástica inevitabilidad de la ruptura, ensaya ahora libremente múltiples orientaciones de búsqueda, acumula propuestas, intercala y alterna experiencias vivenciadas en una trayectoria que, no sin violentas sacudidas desestructurantes, protagonizó  hitos decisivos de nuestra pintura. No podían dejar de percibirse los ecos de la “estructura del caos” sobre la que, con los vientos renovadores de la Otra figuración (1961, Noé con Macció, Deira, De la Vega), se reflexiona en la Antiestética (1965), texto determinante para la comprensión del paisaje moderno-posmoderno en la plástica argentina. Si la acentuación de los conflictos y oposiciones culminó con la desarticulación del cuadro, signó un giro en cuya traza se inscriben las actuales producciones. Es la visibilidad de un espacio auroral, germinante, denso de condensaciones suscitadas por el increíble despertar de la naturaleza y de eventos inauditos que estallan en ráfagas de bandas multicolores. Por sobre todo, Noé transforma y narra. Sucesivos raccontos, grandes y pequeños relatos frecuentemente de origen, como la caída del hombre (La pérdida del paraíso), abatida su entrecortada silueta por un rayo que lo fulmina mientras un león ruge, el caballo se empina y Adán y Eva se envuelven en la serpiente ladina. Reviven escenas compartimentadas, simultáneas y sucesivas: un hombre muy pequeñito se lanza, se aplana en una gran mancha roja de la que emerge desmesurado un rostro de asombro a la vez que la ambulancia acude fraguando una agigantada sobra de siluetas humanas. Fantasmas pululantes y estentóreos que no dan tregua, apariciones súbitas, fragmentos, cuyo palpitar eléctrico no impide sino más bien auspicia la poesía. Historias e historietas que no excluyen pausas, silencios blancos que fusionan el imaginario personal y colectivo en una pluralidad de inspiraciones con una condición única: el engendramiento dinámico de la forma. Noé desdeñó siempre la armonía de la estética (no era petulante desplante sino profundo deseo de verdad y revelación, puesto que el caos del arte es el caos del mundo). Su pintura no es ni fue nunca obra en sí; por el contrario, en su devenir incesante se agita y expande, encrespando la materia se arremolina, se abre al entorno, se escalona en bastidores, entabla un real proceso comunicativo con el destinatario al que apela y requiere. Es pintura que parece penetrar en el mundo y arrojar el mundo en el cuadro. Lo que precipita como un torrente de fuego en Del desconcierto humano no es exterior, ajeno al artista, a sus imágenes y a su mente; es algo que parte, por lo pronto, de un “principio de interioridad” inalienable. No por azar los protagonistas de otra obra son Pollock y Cézanne, siendo el arte, para este último, una mediación entre el sujeto y el objeto, el pintor y la naturaleza.

Resabios del primer período pródigo en oposiciones estructurales están presentes en un par de imágenes “dobles”, que juegan con el revés del bastidor y apuestan así a la réplica y a la complementariedad de las dos caras del cuadro. Los deslizamientos y la inversión de la tela y del significado corren simultáneos, suscitando el intercambio de roles entre un diablo inocente y un santo previsible, expresados en una materia pictórica que alardea audacia y sapiencia al integrar la heterogeneidad de pliegues y paños, zonas modeladas y gestualidad envolvente. En La difícil comunicación, los teléfonos (anverso y reverso) libran la batalla del sentido, desquiciado por el fragor del contexto.

Los mensajes pulcramente depositados en los travesaños logran una vez más la asociación, tan connatural a Noé, de escritura lingüística y pictórica.

Ambas se realimentan produciendo mano a mano metáforas plásticas y verbales que colaboran eficazmente con la desconexión de la significación, nutrida de una continuidad discontinuada que sella la definitiva bancarrota de toda posible univocidad.

Estética de la comunicación, negación de la unidad y totalidad, descentramiento, desfocalización, pintura de visión quebrada, contraste de lenguajes, vigencia de localizadores plurales vibrantes de potencialidades contradictorias. A esto hoy se le llama posmoderno y deconstruccionismo, y se indaga en los antecedentes europeos. Con un poco de memoria queda claro que esos movimientos se iniciaron en nuestro país, originalmente, ya en la década del 60.

Por lo demás, con una particularidad a nuestro favor, puesto que lejos de producirse aquí un naufragio o el borramiento del sujeto, se lo exaltó en su capacidad creativa. Esto es notorio en las realizaciones de Noé, que han cuestionado e indagado, obstinada y permanentemente, qué es pintura. Quizas más que nunca en esta exposición, que es retorno y avance, síntesis y propuesta, cuyo tema parece ser la representación misma. Vemos en Exorcismo Pictórico, sobre el silencio gris morado de la zona inferior de la tela, plena de determinación expectante (dentro-fuera cortado por la varilla), delinearse el pincel y la mano.

Es puro gesto que provoca la expulsión-irrupción de los fantasmas pictóricos, introducida por la frenética danza de los verdes amarillos y el fulgurante arrebato del  conjunto. El artista, al ponerse a sí mismo como enunciador, coincide con numerosas orientaciones de investigación actual que insisten, precisamente, en rescatar en el producto la producción, la estructuración en la estructura, la enunciación en el enunciado. No otra era la idea central de la Antiestética, que por sobre la obra apuntaba al acto de pintar. Ciertas convicciones resultan confirmadas. Existe un pensamiento plástico. Se puede captar el momento en que imagen y concepto proceden por alumbramientos mutuos en la emergencia de la visibilidad, en el proceso del aparecer. Hay instantes en que la imagen no se ha determinado aún por la palabra, hay imágenes previas a la definición del nombre.

Prólogo a la exposición Luis Felipe Noé, Pinturas 1988-1989