Castellano
Texto vinculado a la exposición Luis Felipe Noé. RED, 2009
La ciudad de Venecia fue construida sobre una laguna pantanosa, geológicamente denominada albufera. Quizás por este hecho, no sería una mera coincidencia que una de las más famosas bienales de arte, la Bienal de Venecia, se desarrolle en ella, pues la ciudad misma es una obra de arte, ya que los numerosos e impactantes palacios, iglesias, museos y residencias que le dan identidad, flotan sobre esta agua salobre y pantanosa, apoyados sobre miles de troncos de árboles sumergidos, extraídos de bosques vecinos, en un sorprendente pero inestable equilibrio […] Podríamos decir que en su esencia esta ciudad se ha ido gestando, fragmento por fragmento, isla por isla, a la manera de una gran collage de formas irregulares dibujadas y surcadas por corrientes de agua que las delimitan y permiten navegarlas, siendo las dinámicas perspectivas que brindan sus espacios algo inusual para un asentamiento humano. Todo esto debe haber intuido Yuyo Noé al ser elegido para ser el próximo y único artista argentino en la 53º Bienal de Venecia; quizás de manera inconsciente haya introducido algunas simetrías conceptuales en la producción de las obras del envío. Como soporte de sus trabajos, ha elegido una antigua técnica de papeles montados sobre tela: el marouflado, palabra que propone un juego fonético con el nombre geológico de la laguna: la albufera, colocando desde el inicio a las dos obras a realizar bajo una mirada musicalmente poética. En la segunda obra del envío, Yuyo ha querido revelar el artificio, la génesis de la primera obra, extrayendo de ese mar turbulento quince fragmentos irregulares, a los cuales ha corporizado y organizado en otro fructífero dialogo en una superficie de unos 3 x 15 m, esta vez manteniendo una cierta distancia entre ellos, evitando el contacto, tensionándolos por proximidad. A este intenso conjunto, con su habitual y fina ironía lo ha llamado: Nos estamos entendiendo. La primera obra se ha realizado sobre una gran “tela-laguna” de 3 x 11 m, montada sobre un complejo sistema de bastidores desarmables, y sobre este soporte Yuyo ha ido construyendo, con fragmentos de coloridos papeles, las islas conceptuales, refugio de sus sensaciones y sus pensamientos.
Cada fragmento, una obra en sí misma en su origen, ha sufrido o recibido, al ser pegado sobre la tela base, las influencias de los siguientes fragmentos, habiéndose entrelazado, queriendo y sin querer, líneas, formas y colores. En distintos momentos, a medida que la obra avanzaba, se pudo vislumbrar cómo las formas producidas se asemejaban extraordinariamente a antiguos mapas de la ciudad de Venecia, en especial, al de Jacobo de Barbari, de 1500, como si en el inconsciente del artista todos esos dibujos históricos se hubieran condensado. Pero rápidamente esta semejanza fugaz se ha desvanecido, arrastrada por las aguas de la creatividad del maestro, quien ha enviado nuevos fragmentos significantes a dialogar con los previos. El nombre elegido para la obra, La estática velocidad, ha definido de manera evidente el concepto de la misma.