Castellano

El poeta del caos

Libertad, esa palabra

que el sueño humano alimenta

que no hay nadie que explique

y que no hay nadie que no entienda...

Cecília Meireles

Presentar a Luis Felipe Noé es un privilegio, pero, al mismo tiempo, una tarea muy difícil. Sobre todo porque es un artista que dispensa de presentaciones, ya sea por el reconocido valor de su obra, ya sea por el hecho de ser una persona querida por todos.

Yuyo, como se lo conoce cariñosamente, encanta a todos con el rigor de su trabajo. Trabajador incansable, pinta, dibuja, escribe, da discursos y clases.

Tuve el placer de compartir muchos momentos con él en los últimos años, período en el que tuve la oportunidad también de relacionarme íntimamente con sus obras. Lo más encantador es que cuando teníamos que volver a ver una vez más la obra, ésta se volvía más sorprendente. Podíamos quedarnos horas conversando y apreciando su trabajo. Muchas veces yo apenas miraba. Conversar con Noé es un privilegio. Además de ser un artista brillante, conoce de arte como pocos. Él vive arte, respira arte; el arte está en sus entrañas.

Confieso que en cada nuevo encuentro me siento como un alumno a la espera de la clase de su materia predilecta, dictada por su profesor preferido. En todo momento aprendemos con él.

En la década del ochenta fui invitado a realizar el diseño de montaje de una exposición organizada por el Consulado de Argentina en conjunto con el Museo de Arte Moderno de Río de Janeiro. Fue mi primer contacto directo con la obra de Noé, que hasta entonces sólo conocía a través de reproducciones. Recuerdo perfectamente el impacto de esa primera iluminación. Ahora, luego de tantos años transcurridos, tengo el privilegio de trabajar directamente con él en la organización de una muestra de sus obras en Brasil. Voy a su lugar de trabajo frecuentemente y, con cada nueva visita, mi entusiasmo aumenta y me emociono más con él y con su producción.

Todos aquellos que conocen bien su obra, con seguridad, disfrutarán de este libro, con mucho placer. Pero los que establezcan con ella su primer contacto, también se encantarán con sus lienzos y con su testimonio.

El primer volumen de la presente publicación se consagra a la obra de Noé desde los años cincuenta hasta el día de hoy. La obra se presenta dividida —personalmente por Noé— en diez períodos, con la particularidad de que para cada período el artista escribió una breve introducción.

El segundo tomo está dedicado a su autobiografía. Es un texto muy rico, tanto por su vida como por la manera en que la describe. Las citas de los críticos y comentadores que acompañan el relato permiten ahondar en  su pensamiento artístico y en los principales acontecimientos de la escena artística local y mundial. Es una verdadera declaración crítica del arte argentino y de su escenario artístico.

Es un testimonio sorprendente, coherente y emocionante. En el relato de su vida se intercalan críticas, comentarios, cartas y desahogos, lo que hace que el lector tenga la oportunidad de recorrer esa declaración de varias maneras. Podemos leer su testimonio linealmente, pasando por su texto, las críticas e inserciones en el orden en el que se nos presentan; podemos leer apenas la declaración, dejando de lado las citas; leer solamente las inserciones; y, la que me parece ser la mejor de todas las maneras: ir comparando su testimonio con las imágenes del primer volumen.

Luis Felipe Noé escribió varios libros sobre arte y asuntos correlativos. Su erudición lo autoriza a aventurarse en diversas áreas y explicar la propia obra mejor que nadie.

El crítico de arte brasileño Mário Pedrosa, basándose en Baudelaire, afirmó que la crítica no puede dejar de considerar el temperamento del crítico y su bagaje cultural. La crítica no puede ser destituida de la emoción y tampoco puede tener la pretensión de explicarlo todo, o de no tener sentimiento ni poseer ningún temperamento. Para ser justa y poseer razón de ser, es necesario que la crítica sea parcial, apasionada y política. Esto quiere decir: es necesario que tenga un punto de vista capaz de descubrir nuevos horizontes o ampliar los antiguos.

Noé consigue este distanciamiento al analizar su propia obra sin dejar, sin embargo, de ser parcial y apasionado como un buen crítico. Características muy evidentes en sus escritos.

En su biografía notamos cómo el arte forma parte de su vida desde la infancia. Hay un pasaje en el inicio en el que habla de las imágenes que veía en las paredes de la portería de su edificio. A mí me sucedió lo mismo. Yo también acostumbraba fantasear durante horas sin interrupciones, mirando las paredes, en las que verdaderamente veía diversas imágenes. Solamente muchos años más tarde me enteré de que ese era un ejercicio de creatividad preconizado por Leonardo Da Vinci para los artistas principiantes: extraer de los muros manchados de moho universos insospechados para los pasantes apurados o inadvertidos.

En esta obra, su viaje, como él mismo lo define, se inicia en 1959. En su primer período, Noé todavía estaba bajo el influjo de la admiración por los grandes maestros, pero en seguida comienza a admirar también la vanguardia de esta época. Podemos percibir que  ya poseía un lenguaje propio. Su obra, llena de vigor y libertad, recorre la figuración y el abstracción. Es un momento de extrema ebullición interna. La expresión de toda esa efervescencia es bastante nítida en las obras de este período. Es en esta época en la que los cuatro amigos —Ernesto Deira, Rómulo Macció, Jorge de la Vega y Luis Felipe Noé—, perciben elementos comunes en sus obras y forman el grupo consagrado bajo la denominación conferida por la crítica de “Nueva Figuración”. Con mucho entusiasmo, los cuatro compartían experiencias y promovían juntos muestras colectivas. Fue un momento importantísimo en la escena artística argentina que ejerció una influencia enorme sobre una generación entera. Ellos estaban abiertos a cualquier tipo de experiencia y ejercían su oficio de forma consciente y con total libertad.

Sus obras del período siguiente evidencian este cambio y la tentativa de ordenar estas experiencias. Noé no solo pintaba la tela. En muchas de sus obras el bastidor está dislocado e integra la obra.

En seguida, vemos cómo esa experiencia pasa al campo tridimensional. Una maraña de bastidores, chasis y piezas de madera pasa a dominar el espacio y las telas, también parte integrante de la obra, y a constituir un elemento más de estas obras. No se trata de ir hasta las últimas consecuencias, pero sí hasta determinado límite, su obsesión por organizar el caos.

El período subsiguiente es uno de mucha reflexión para Noé. Para él, su ocupación del espacio con telas y bastidores había llegado a un impasse. Ya no pintaba más. Pasó a experimentar nuevas técnicas y surgen aquí sus espejos cóncavos. Su idea permanece en la búsqueda del sentido de orden y de desorden. Fue un período de reflexión muy largo para un artista como Noé, repleto de ideas y dotado de gran talento. Pasó a escribir mucho, como forma de exteriorizar parte de aquello que estaba listo para eclosionar en cualquier instante.

Poco a poco vuelve a dibujar. Realiza una serie que inconscientemente lo estaba preparando para la nueva fase de su vida. A mediados de los años setenta, su pintura reaparece con pleno vigor, tensión y vibración. Comienza a buscar en la naturaleza y en los mitos los elementos para componer este período. El dibujo es esencial en estas obras. Sus líneas son extremadamente fuertes y el color es empleado con total libertad. Es ésta su propuesta para el caos. Son obras que nos remiten a sus primeros trabajos, en los que la figuración y la abstracción van de la mano en completa armonía. Un Noé diferente se nos presenta. Su habilidad pictórica es incuestionable e inconfundible y percibimos entonces en qué medida ese caos interior estaba latente y dispuesto a florecer.

En los años que siguen, viviendo fuera de la Argentina, Noé pasó a producir en sus obras la naturaleza, y más específicamente la naturaleza amazónica, una naturaleza americana. De cierta manera, una nostalgia. Sus líneas y trazos poseen un dinamismo vital sin ser, sin embargo, totalmente abstractos. Resurge aquí su deseo de doblar, enrollar, amasar la tela y jugar con los bastidores como lo había hecho en otros tiempos. Sólo que ahora ya no está más la característica efímera de antes. Ahora todo integra de forma permanente la obra. Tal vez, la  característica más importante de estas obras sea justamente esa falta, esa nostalgia de sus orígenes, de un pasado no muy distante. Noé vivía en Europa, pero su pintura lo remitía siempre a su lugar de origen.

Al final de los años ochenta, cuando todavía vivía en París, sus obras adquieren una nueva forma. La figuración pasa a ser constante. La naturaleza ya no es un tema tan recurrente como sí lo son cuestiones de reflexión de su interior. Muchas cosas habían cambiado en su vida hasta este momento. Su trazo también cambió de cierta manera. La presencia del dibujo es menos evidente, y las pinceladas se superponen a todo lo demás. Ya de vuelta en la Argentina, Noé continuó con vigor este tipo de pintura hasta 2001. Una serie enorme de telas, siempre en gran formato.

A partir de 2002, Luis Felipe Noé realizó otro gran cambio en su obra. Notamos una vez más la presencia muy fuerte y evidente del dibujo. Su gran preocupación ahora -que en rigor siempre estuvo presente- es investigar el límite entre pintura y dibujo. Sus imágenes están siempre en movimiento. Es su manera de organización de lo que él llama el caos. Él entra realmente en un tiempo contemporáneo en el cual la inserción de la información, de la imagen e incluso del tiempo adopta una dinámica como nunca antes nos fue presentada. Él quiere mostrarnos esa imagen de un mundo diferente, contemporáneo y hasta incluso virtual. Virtual en el sentido con el que hoy esta generación lo consume. Lo que Noé siempre buscó fue reflejar el mundo en el que vive a través de la pintura. Es un enfrentamiento constante.

Creo que esto es lo que todo verdadero artista busca. Noé siempre tuvo una trayectoria coherente con su punto de vista a través de su obra y de su pensamiento. Esto es evidente en su camino. Y él consigue demostrárnoslo perfectamente.

El lector podrá percibir este trayecto al recorrer este libro, ya sea apenas por intermedio de sus imágenes, ya sea acompañando también su testimonio. El viaje que Noé nos presenta a través de su obra pasa a ser también nuestro viaje.

Su obra no termina aquí. Muchas cosas todavía están por materializarse con toda la fuerza que siempre caracterizó su lenguaje artístico. Una mente en efervescencia como la suya no se detiene nunca. Sus obras permanecen y dejan esa reflexión para las generaciones futuras.

Puede parecer un caos, pero en verdad siempre se trató de otorgar un orden a las vicisitudes de nuestro día a día. La cantidad de cosas, imágenes e información que se derraman sobre nosotros con tanta rapidez coloca a un artista sensible como él en un estado de permanente ebullición que lo lleva a cuestionar todo. Noé tuvo una libertad osada al mantener siempre el compromiso consigo mismo, con su pensamiento y manifestó a lo largo de toda su trayectoria una coherencia total.

Este libro está producido para estar siempre junto al lector, siempre cerca para que podamos apreciarlo en cualquier momento y de las más variadas maneras. Es una invitación permanentemente renovada para que acompañemos a Luis Felipe Noé en aquello que él llama “su viaje”.

 


Texto que oficia de apertura al libro Mi viaje. Franklin Espath Pedroso fue el curador de la retrospectiva del artista realizada en el año 2011 en el Museo de Arte Moderno de Río de Janeiro (MAM-RJ). 



Pedroso, Franklin. "El poeta del caos", en Mi viaje-Cuaderno de bitácora, Buenos Aires, Editorial El Ateneo, 2015