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El estado de alarma

Sí, por más que pueda llamar la atención, el acto, de carácter francamente “subversivo”, se llevó a cabo durante el pasado mes de julio en el mismísimo Museo Nacional de Bellas Artes. Y sus actores no sólo dieron a conocer su identidad, sino que hicieron su símbolo, justamente de una enorme impresión digital, en afiches pegados sobre las paredes de la gran ciudad.

¿Qué había ocurrido? Simplemente que cuatro pintores: Rómulo Macció, Luis Felipe Noé, Ernesto Deira y Jorge de la Vega (unidos casi sin proponérselo desde aquella primera exposición de conjunto que se realizó hace más de dos años bajo el sugeridor título de Otra figuración), habían llegado, sin necesidad de ningún conciliábulo previo, a una importante conclusión: hay que empezar por permitírselo todo. Es decir, no es posible negarse a nada. (Lo que suele y no suele ser lo mismo.)

Por encima de ese novísimo Fénix que es el “buen gusto” (estómago capaz de digerir ahora lo “moderno”, que antes rechazó y que fuera creado precisamente para destruirlo), dichos pintores se descubrieron abrazando la “subversión”. O sea, comprendieron que su propio devenir los llevaba a chocar con cierto “orden constituido”. Pero –¡atención!– no para sustituirlo por algún otro, por alguna nueva “manera”.

Lo que se trataría de lograr, en este caso, por todos los medios (de ahí el error de aquellos que pretendieran imitarlos indiscriminadamente), es nada menos que la vigencia de la libre y espontánea actitud creadora, el viento cambiante y obsesivo de la creación suelta tanto de modas como de trabas, consciente de sus posibilidades y dispuesta a agotar sus provisiones. Así podría volver a darse también libremente lo humano, el tiempo, la época, el suelo, la desesperación y el encanto de vivir, sin ningún dogma posible, pero también sin tabúes, sin “malas palabras”.

Como se ve, no se trataba de cerrar los ojos. Y no lo han hecho estos pintores. Porque una actitud como la enunciada no carece ciertamente de méritos, por demás relevantes, pero encierran a la vez no pocos riesgos. Es difícil, por ejemplo, no caer en la tentación del mero gesto, y volverse pura forma. Es difícil también hablar continuamente en alta voz.

Pero, por de pronto, el conjunto mismo –el impacto– de la exposición que nos ocupa constituye en su mayor parte una superación –o asimilación– de dichos riesgos. Es más, valiéndose de ellos, contiene y hace evidente un “resultado” revelador. Cuatro hombres admirablemente dotados para la pintura deciden “expresarse”. Y sólo quien no tenga conciencia de lo que ello significa (sea crítico o no, sea marchand o no, sea coleccionista o no) puede intentar restar trascendencia en nuestro medio a un acontecimiento semejante.

Porque “eso” continuará. A pesar de las posibles deformaciones a que podría dar lugar, errando a veces, sin someterse por ello, a conciencia de que errar y darse cuenta también es una manera digna de andar, considero a esa actitud –por sobre otro tipo de estimulación estética o de gusto personal, y aparte del valor de cada obra en sí– capaz de promover un saludable sacudimiento en las tranquilas aguas de nuestro mundo artístico y cultural. (Lo que no es poco esperar, por cierto).

Aquella impresión digital, que sorprendió, conmovió o atrajo, a sabiendas o no, a tantos desprevenidos transeúntes en las calles de Buenos Aires, comenzará a hacer evidente su significado más imperecedero. Eso que, bien lo saben los cuatro artistas, no es propiedad de un grupo ni de un momento: la presencia del ser, la huella del hombre.