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Autorreportaje sobre la función del artista en América Latina

[…] hice en 1971 una exposición en el Instituto de Arte de América Latina de la Universidad de Chile, adonde fui invitado por Miguel Rojas Mix. La exposición consistía en una instalación de varias pancartas de tela con dos patas de madera en sus extremos –como los carteles típicos de manifestación–, en cada una de las cuales colocaba una frase particular, junto con otra destacada en rojo que se reiteraba en todas: “El arte de América Latina es la revolución”. […]

Poco después de esa muestra, el mismo instituto de la Universidad de Chile publicó con el nombre de El arte de América Latina es la revolución un folleto que contenía esas frases, una entrevista que me hizo Rojas Mix y un autorreportaje.

Relato de Luis Felipe Noé incluido en el libro "Mi viaje-Cuaderno de bitácora" (2014).


¿Qué es para usted ser un artista hoy en América Latina? ¿Es acaso lo mismo que serlo en cualquier otra parte del mundo occidental? ¿Debe el artista pensarse ante todo como hombre universal y luego como latinoamericano?

Para mí no existe el “Hombre” (ente abstracto universal). Ese “Hombre” es la idealización de la sociedad burguesa occidental; una forma de sublimar un caso socialmente particular (justamente el que ha entrado hoy en crisis). Para mí un artista de América Latina es, ante todo, un hombre emplazado en una situación particular caracterizada por la dependencia. Una sociedad económicamente dependiente lo es también culturalmente, ya que no ha hecho un ejercicio de autoafirmación de ninguna naturaleza (esta frase puede invertirse, ya que conocemos las causas por los efectos). Un artista de América Latina –con talento o sin él, no importa para el caso– está condicionado por una dependencia cultural. No basta que a él no le guste esta situación para que pueda superarla. Esta sólo será superada con un proceso político de base que tienda a la descolonización, un proceso revolucionario, un proceso de absoluta inversión de la situación. Se trata de convertir en elementos de poder (en el sentido de poder ser) a todo aquello que hoy no es más que un testimonio de debilidad.

Y ese acto previo a una asunción del poder político-cultural es ya de por sí un acto revolucionario, y es, ante todo, un acto culturalmente revolucionario.

¿Usted en la actualidad identifica el rol del artista con el del revolucionario? ¿La experiencia artística en misma no puede aportar nada de propio a la acción política?

Sí, invención. Pero sucede que los artistas se deforman a tal grado interiormente, que más que dominar los mecanismos de la invención son profesionales en la ejecución de obras bien hechas, con valores culturales previos y de fácil mercantilización.

Por lo tanto, ¿para usted no tiene sentido tratar de exponer el arte argentino en Europa o en Estados Unidos, mostrar lo que creativamente hacemos?

Si el arte es una forma de darnos imagen no puede haber acta sin acto previo. La imagen que nos brinda cualquier civilización a través de su arte fue precedida por un proceso social que consiste –paradójicamente– en conquistar su propia imagen. Por el momento toda exposición de nuestra pintura que interese en Estados Unidos será organizada y seleccionada por norteamericanos. A la vez, si hacemos una exposición de arte norteamericano, son ellos también los que eligen cómo quieren ser mostrados. Siempre son ellos lo que eligen la manera de mostrarse y de vernos. Y quieren vernos parecidos a ellos para sentirnos coloniales o, si no, tan sólo folklóricamente originales. Mientras no haya revolución no podemos elegir nuestro rostro y la manera de ser ante el mundo.

Y con respecto a eso de que somos tributarios de la cultura occidental, creo que, en realidad, lo que sucede es que nos han notificado que pertenecemos a la civilización occidental. Pero nada hemos hecho para participar en ella. Confundimos cultura con información. A un artista en la actualidad, si no quiere ser ni un colonial ni un angustiado (o sea uno que registra la situación que lo ata y de la cual está disconforme, que la vive en su propia piel y en su propia paralizante nostalgia, por todo lo cual convierte en referencial permanente a otros centros culturales), sólo le cabe ser un militante de la revolución cultural contra la conciencia colonial.

¿Qué es para usted el arte entonces?

El arte es la enunciación de una cultura, ya que conocemos las distintas culturas a través del arte. Conocemos así las civilizaciones del pasado. El arte no es la obra sino que está en ella. Y lo que está en ella es el testimonio individual de una actitud colectiva social.

¿Pero usted no cree que la imagen puede movilizar y ayudar a la toma de conciencia?

Sí, creo en la necesidad de contar con todos los medios de comunicación en una sociedad donde los medios de comunicación imperan. Pero me estaba refiriendo antes a la imagen que va a concretar nuestro rostro como pueblo. En lo que no creo es en el culto a la obra de arte. Esta se reduce a una cultura artística y a ser un valor de intercambio mercantil. Insisto; lo importante es la invención en la militancia por dejar de ser otra cosa que lo que queremos ser.

Pero usted habla de militancia y lo que se conoce de usted es que no milita en ninguna agrupación política [...]

En mí existe una constante que se ha ido amplificando de campo: la conciencia de la necesidad de dar vuelta las cosas. Creo que la revolución cultural comienza por uno mismo y que la militancia en la revolución cultural significa tratar de que se piense y se actúe en tanto y cuanto hombre latinoamericano, y en tanto y cuanto un destino socialista.